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lunes, 17 de septiembre de 2018

Amenazados por convivencia

Qué fácil es defender una causa cuando el adversario es un zoquete. Un zoquete que durante más de una hora aprovecha la oportunidad de que le abran los micrófonos de la emisora más escuchada por las mañanas, para ahogarse él solo, con cada palabra que sale de su sonrisa diseñada. Qué privilegio que tus cagadas sean el tema de moda. Ya habría querido yo que cualquier emisora, la que fuera, me hubiera dejado explicar en una hora por qué metí un autogol jugando basket. 

Nunca sabremos qué pasó esa noche entre Eileen y Alejandro. Y es que ya usamos esos nombres como si fueran nuestros vecinos, como si hubiéramos escuchado los gritos, las porcelanas cayéndose al suelo, los golpes de ira contra los muros, los ladridos de nuestros perros provocados por el estruendo del lado y un cargador de iPhone todavía por ahí conectado. Hablamos con la propiedad que nos han otorgado los medios, gracias a los cuales no nos falta ni un detalle de lo que no sabemos ni mierda. 




A le gente no se le pega. No hay razones que justifiquen nunca una conducta violenta. Ni de ida ni de vuelta. Pero, amiga, date cuenta. Una pelea de protagonistas de novela ha tenido más tiempo al aire que los 343 líos de faldas en los que ya va la cuenta. Está buenísimo que actos horribles envalentonen a la gente, aviven causas justas y abra conversaciones necesarias. Hay que cuidar mejor la atención y los argumentos que sustentan juicios de valor. A veces es mejor hacer como yo: saber que todo se nos va a olvidar el martes, cuando lancen la novela en Caracol. 

miércoles, 21 de junio de 2017

El feminismo, la selva y la omnipotencia del balón

Conozco la pretensión de una pelota, incluso cuando todavía no ha rodado ni se le ha visto por ningún lado. Esa tarde volvió a lucirse sin pena, en la mitad de la selva, por la mitad del Río Magdalena. 


Puso a una decena de muchachitos a su alrededor, captando toda la atención, como siempre le ha gustado. Todos hablando de ella, todos queriendo tocarla, cada uno convencido que puede hacerlo mejor que el anterior. Todo para tapar los agujeros que tenía y ponerla a correr por el suelo, por el cielo, en tiempo récord, antes de que se fuera el sol. Yo traigo la aguja, mi papá nos presta la bomba de las llantas de la bicicleta, quién tiene silicona, la aguja no caza, yo tengo parche de moto, ya cazó, está inflando, ya, ya, no funciona, erda, dígale a su primo que nos preste el balón que sí infla, ya conseguí silicona, ya no importa, ya rodó la bola, ajá. 

Arrancaron los varoncitos para el campo que estaba vacío, porque es de ellos y solo se llena cuando ellos juegan. Quisieron armar un mundialito. El equipo perdedor sale al gol y entra el otro. Listo, listo. No contaban con que toda la vereda podía ver el partido desde sus ventanas. Todas las madres, primas, tías, abuelas y hermanas.  Los varoncitos no contaban con que por cada hombre hay en promedio tres mujeres en el mundo y la estadística también se hizo evidente esa tarde, en esa vereda en el sur de Bolívar. Tampoco contaban con que mis piernas blancas y flacas llamarían la atención de todos los estrógenos de la vereda, que no esperaron más de 15 minutos tras el imaginario pitazo inicial para sabotearlo. 

Salí del campo a recoger el balón para cobrar un tiro de esquina. Cuando volví, a los varoncitos los unía una sola cara de ira y un sentimiento común de resignación e impotencia. Las mujeres les habían quitado la cancha. Por cada hombrecito había dos niñas, tres adolescentes, dos adultas y una anciana, armando equipos, asumiendo posiciones y apelando a su incapacidad para encargarse de la arquería. El dominio del territorio había cedido ante la mayoría. A los varoncitos no les quedó sino irse con el balón entre el antebrazo y la cintura, a sentarse al borde de una de las torcidas líneas laterales y ver el picaíto desde afuera, como un suplente que nunca se quita la chaqueta.

Se hizo realidad mi sueño feminista que nunca tuve ni tendré. En cada pase que ponía, en cada gol que me comía pensaba en que Florence Thomas se estaría muriendo de la envidia. Mujeres y niñas de una de las zonas más aisladas del Trópico habían llegado con el mejor balón de la vereda, armaron un partido y en cuestión de segundos, dejaron a todos los hombres y niños de espectadores y porristas. En ese preciso instante, gender was fucking dead, my friend. 



Las piernas blancas son las mías.


Generación tras generación de mujeres se fue quitando sus zapatos, sandalias y –los favoritos de Uribe- sus Crocs. Hice lo mismo. A mi alrededor, no solo el equipo contrario, también mis compañeras, me miraban, ya no con los ojos solamente abrumados por mi color insípido, sino por mis pocas intenciones de parecer distinta, distante a ellas, aunque la genética gritara que lo normal era lo contrario. 

A la mierda lo normal. Yo no soy blanca. Soy transparente. Por dentro y por fuera. De ahí que no niegue el pesar de no haber nacido con la piel un poquito más negra, o al menos más gris. Soy hincha del Junior de Barranquilla, no me pican los mosquitos y no hay calor que me sofoque. A pesar de todo esto, cuando me pongo pantalones cortos, parezco estrenando medias blancas y me alumbran las piernas. Esa misma luz resplandeciente, que brillaba un poco más cada vez que se le enredaba el balón, encandelilló a toda la vereda y los guió a todos a ser testigos del mejor partido de mi vida. 

Y así fue como las plantas de mis citadinos pies terminaron jugando fútbol en la mitad de la selva, al lado, debajo, en frente de otras decenas de pares de pies mucho menos blancos que los míos. No sé qué tanto pisé, qué tantos insectos me pisaron, me mordieron, me besaron y ya nunca va a importar. No marqué ni un gol, pero eso tampoco importa ya. El fútbol, como el amor, es más lindo cuando no hay árbitro, reloj ni marcador.  

No hay que menospreciar nunca la omnipotencia de un balón, uno de fútbol o al menos uno que se pueda patear. Ese día, una pelota de cuero, amarilla, marca Golty hizo que pasara de todo en un sitio donde nunca pasa nada. Las personas sacaron las sillas de sus casas para acercarse a ver a la blanquita jugar descalza en la cancha, al lado de la abuela, las mamás y las tías; tremendo lío en un deporte que ha reducido desde siempre a la mujer y ha contribuido al establecimiento inútil de la percepción del género femenino. Pero el fútbol todo lo ha hecho y también lo puede hacer, desde acabar con la silenciosa monotonía de un sitio donde todo lo que suena es el río, hasta poner en el mismo equipo a amigos y enemigos. 

Una de mis hinchas, la única, en realidad, la razón por la que yo estaba en esa cancha -entre risas perversas y miradas dirigidas- calculó el tiempo durante el que jugamos. Habíamos corrido detrás de esa pelota amarilla más de una hora. Los rumores dicen que el partido quedó 3 a 2, perdiendo yo. Salí del campo como Falcao: con una lesión marica. Me senté victoriosa tras mi derrota, a tomarme un jugo de guayaba, mientras contemplaba en la cancha ya vacía, en mis pies llenos de patadas y en el sol que ya se escondía detrás de esas montañas tupidas -en las que nadie se imaginaría que hay metros cuadrados con un arco a cada lado-, que el fútbol es lo único que puede cambiar el mundo, 90 minutos a la vez y lo hace, de cuando en cuando. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Sean hombres

El 13 de octubre en la mañana, un desgraciado se creyó lo suficientemente hombre para agarrarle el culo a una niña que amo. Aunque ni su papá, ni sus tíos, hermanos ni amigos estaban con ella, sé que fueron ellos los más adoloridos con el atrevimiento. Hay que tener muy poca hombría para preferir agredir a una mujer antes que conquistarla, porque no hay nada más atemorizante que la saques a bailar una canción y al segundo compás, te diga que no. Así somos: tenaces, difíciles, insoportables. Es normal que los hombres se acobarden, se achicopalen ante un par de piernas o de ojos despampanantes, pero los valientes son silenciosos y constantes. Esos que se atreven a cogerte la mano antes que el culo; a encaminarse con esperanza y sin recompensas inmediatas, por el camino del cortejo, siempre expuestos a la posibilidad de que un día amanezcas y los mandes a la mierda. Señor, no se envalentone, ni se le infle el pecho por alcanzar a cerrar el puño en unas nalguitas bien definidas y ajenas. Usted no es ágil, no es veloz, ni es un varón. Es todo lo contrario, y no una mujer, porque muchas tenemos más hombría que usted.

lunes, 27 de julio de 2015

El Periodismo, Maluma y el SITP

Muy temprano en la carrera de Periodismo, y con muy temprano me refiero a las siete de la mañana, le enseñan a uno los criterios de noticiabilidad. Escribiendo en mi teclado de Community Manager, no los recuerdo muy bien. Algo tenían que ver con proximidad, actualidad, con los sujetos implicados… en fin. Quizás por mi poca capacidad para recordarlos tengo un teclado de Community y no uno de redactor, y los que tienen uno de redactor es porque seguro los conocen a la perfección. Entonces publican que a Maluma le dio duro la altura del Ecuador.



Hace quince días vi el video en el que un bus del SITP mata a una empleada de una estación de servicio de Terpel. Con “la mata” me refiero a que le pasa por encima. Me llené de ira y recordé una de las razones por las que tengo un teclado de Community y no uno de redactor: puesto que en mi memoria no hay registro de una sola vez en la que las instituciones de este país hayan actuado con rectitud, mantener la objetividad me queda muy complicado. La objetividad se enseñaba en la clase de las nueve, no tan temprano.

Cuando creí haber superado mi episodio de ira, llegó a mi scrolling la noticia de que habían violado una conductora del SITP. Me sentí ultra mal, por haber juzgado a todos los choferes del sistema, a raíz del arroyo de la empleada de Terpel. Una vez más, la deficiencia de nuestras instituciones quedaba en evidencia: no se enseña igualdad de género y los manes creen que la dignidad de una mujer no es tan urgente como los antojitos repentinos de su miembro.

El salchichón 

Hay una razón de peso para que los retratos hablados no se firmen con autor y fecha, como pasa con el resto de obras de arte: a cualquiera le daría vergüenza atribuirse semejante resultado de carboncillo y lápiz. Entonces, un día cualquiera usted se puede encontrar una secuencia de noticias así: Conductora del SITP violada en el bus que conducía, con un salchichón – Este es el retrato hablado del presunto victimario – Hombres protestan por proyecto que busca prohibir andar sin camisa en Cartagena -  Maluma se enferma por altura en Ecuador. Y esos son los medios vigías de nuestra democracia. Esto lo aprendí en la clase de las dos.

Todos decimos mentiras porque siempre habrá razones para no decir la verdad, seguro habrá escrito Cohelo en alguna de sus páginas. Quién sabe qué motivó a la conductora del SITP a inventarse semejante barbarie y lo triste no es su deshonestidad. Los moralistas pueden estar tranquilos, ella ya no va a ir al cielo y nadie nunca la va a volver a contratar.

Preocupante es que los periodistas hayan caído en la trampa, después de haber ido a mis clases de siete, de nueve y de dos. Dicen que el parte de Medicina Legal -en un principio- reconoció la existencia de una violación, pero yo no estudié medicina sino Comunicación. Aún peor que la ingenuidad de mis colegas, es que la noticia nos pareció creíble y probable a todos. Sin tapujos, el SITP pudo emitir un comunicado en el que asegurara que cada bus cuenta con monitoreo satelital, cámaras de seguridad y botones de pánico, y que no habían registrado dicha violación con un salchichón. Pero no, y ya no tuvimos miedo de lo que pasó sino de lo que puede pasar, que es peor.


Hay que admitir que es reconfortante saber que a la pobre mujer no la violaron con un salchichón ni con nada y que por lo menos en Patio Bonito sí hay puntos (que funcionan) para recargar la tarjeta del SITP.