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sábado, 24 de septiembre de 2016

La familia iraquí que llegó a Buenaventura en un buque de melones

Malak tiene 22 años. Nació en Irak. Es la mediana de 3 hermanos. Una hermana mayor, de 24 años, y uno menor, de 20. Viven con sus papás. Ella tiene los ojos verdes, como el verde del mar cuando la arena es blanca en el fondo y está haciendo sol. Son dos circunferencias perfectas rodeadas por una delgada línea oscura, y en el centro, las pupilas que pueden someter al que sea y lo que sea, como a la serie de eventos desafortunados de esta historia.



El plan era llegar a Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda, pasando por Malasia hasta Turquía. En dos semanas, vendieron todo lo que tenían. Ropa, carros, muebles, electrodomésticos, el café, el salón de belleza, las pijamas, y los cinco Hadi llegaron a Malasia hechos millonarios.

Al cabo de un año, decidieron que ya estaba bueno de vivir como ricos y retomaron el rumbo hacia Turquía. Allá se vende transporte ilegal de personas como acá se vende Vive 100. Siempre se te acerca alguien ofreciéndote sacarte de allá y llevarte a donde sea, porque conoce a un amigo que tiene un primo que tiene una novia que tiene un vecino que trabaja con barcos. Fue así como el papá de Malak accedió a pagar 75 mil dólares a cambio de que los llevaran a Estados Unidos.

Melak y su papá.


Tres días después, en el muelle había un buque negro, inmenso, que transportaba fruta, olía a fruta podrida, tenía restos de fruta por todas partes y era el transporte de la familia Hadi. El artífice del viaje les quitó los celulares, los pasaportes y todo lo demás, y los metió en un cuarto oscuro, que olía a fruta podrida, con un baño repugnante y 5 alfombras para dormir. Nada más.

Por no saber cuándo se ponía el sol, los Hadi no saben exactamente cuánto tiempo estuvieron en ese cuarto. Calculan, más o menos, que fueron casi 2 meses. Escuchaban a los marineros-fruteros hablar en turco y trabajar afuera de su cuarto, y ese era el único contacto con el exterior. Solo comían atún. Atún en lata día y noche, sin saber cuándo era el desayuno y cuándo era la cena.

Un día de octubre del 2015, la puerta del cuarto oscuro se abrió y en turco les dijeron a los Hadi que se bajaran, que el viaje había terminado, por fin. En el barco los recogió una lancha, que los dejó en el muelle, donde los recogió un taxi, que los llevó a una parada de bus, que cuando pasó, lo tomaron durante 4 horas, hasta llegar a un hotel. Solo pensaban en dormir en camas, reencontrarse con el sol y comer algo que no fuera atún.

Melak y sus hermanos. 

Durmieron como marmotas. Al otro día, esperaron a que el responsable de su viaje les diera indicaciones, les devolviera los pasaportes, los celulares, les dijera adiós, pero no. El don se voló. Los Hadi entraron al cuarto del ladrón y no había nada sino los 2 peores celulares de la familia. Uno era el de Malak.

Bajaron a la recepción, preguntando por el zángano y la señorita les exigió a los orientales que pagaran la cuenta o se largaran. Con unas borrosas nociones de inglés, los Hadi preguntaban si estaban en América y la señorita, muy sincera, les dijo que sí. La siguiente pregunta fue:  “¿Miami?” Y la respuesta fue: “Cali”.

Llanto. Desconsuelo. Solo tenían lo que llevaban puesto y el uno al otro. El único que había escuchado de Colombia era el papá, gracias al narcotráfico y la guerra. Se dieron por muertos. “Stay strong, we’re gonna die tonight, but stay strong”, recuerda Malak lo que decía su papá ese día. Con otras borrosas nociones de efectividad, la recepcionista llamó a la Policía que llamó a Inmigración para que fueran al hotel. Llegaron unos funcionarios en una pick up y montaron a los Hadi en el platón.

Después de atravesar la sucursal del cielo en el vagón de una pick up, los cinco iraquíes llegaron a su celda, en la que había 4 catres. Hubo pelea para ver quién dormía apretado o en el piso. Ahí duraron 4 días, hasta que a alguien se le ocurrió llamar a un libanés que vive en Cali para que tradujera. 

El traductor insistía con sus preguntas si los Hadi eran parte de una milicia o tenían planes de acabar con Colombia, porque la ignorancia sobre el Islam no conoce fronteras, igual que las aspiraciones humanas cuando se trata de encontrar la felicidad. Ellos insistían de vuelta que solo querían irse de acá. Les ofrecieron asilo y pasaportes, o la legalidad durante 5 días para gestionar su salida de este trópico mortal. Se negaron a recibir pasaportes y se fueron con los 5 días contados.

Melak y su mamá.

Alguien les dijo que se fueran para Medellín, así que fueron. Sin un peso, sin haberse cambiado de ropa, con el almuerzo de la celda en el estómago y nada más. El aire acondicionado del bus estaba a reventar y Malak se congelaba. Por eso no pudo dormir. "Solo quería que el bus siguiera andando. Si paraba el bus, me tendría que bajar y no teníamos a dónde ir. Si me daba hambre, no podía parar a comprar comida porque el bus se movía y no porque no tuviera con qué comprarla", cuenta en su inglés auto aprendido, las lágrimas secas en las mejillas y los ojos siempre brillantes e incisivos. 

En la parada que hizo el bus para que los pasajeros con plata almorzaran, apareció un hombre con genética árabe que se le veía en la barba. Venía en otro bus que también hizo la parada en ese restaurante, a esa hora, ese día. Malak lo vio y decidió saludarlo. Assalamu alaikum. Y el personaje respondió “Alaikum assalam”. De repente no sintieron hambre, frío ni sueño. Este hombre, cuya identidad es un misterio, le dio un contacto a los Hadi, de una mezquita en Bogotá, en la que los iban a ayudar.

Una vez en Medellín, tomaron otro bus para Bogotá. Cargaban con ellos el contacto de un funcionario de Inmigración, que explicaba lo que estaba pasando a las personas de las taquillas y así conseguían subirse al Bolivariano. El viaje Cali, Medellín, Bogotá lo hicieron completamente en ayunas. Llegaron a la capital y un taxista los llevó gratis a la dirección de la mezquita que les había dado el árabe del bus. Los recibieron como se recibe a un hijo y les dieron té. "Quise congelar el té para tener algo qué masticar", recuerda Malak entre carcajadas. 


Han pasado 11 meses desde que los Hadi llegaron al puerto de Buenaventura. Hoy tienen pasaporte colombiano y les sorprende que tengamos tantos tipos de panes. Pan de coco, pan de leche, pandebono, pandeyuca. Viven en un cuarto de una mezquita en el barrio Nicolás de Federmán desde que llegaron a Bogotá. 

El cuarto de los Hadi, en el segundo piso de la mezquita.

La hermana mayor estudió Comunicación Social y hoy trabaja en un restaurante. Malak no quiere estudiar, pero ha trabajado como extra para Narcos. Le gusta Ginza, de J Balvin, aunque no sepa qué dice la letra. Sus ojos siguen siendo su arma más letal, aunque compiten con su encanto y humor. El plan de la familia es montar un restaurante iraquí, atendido por su dueño, porque los Hadi ya no se quieren ir. Así como la mirada de Malak es imbatible en cualquier lugar del mundo, cada rincón del planeta puede sentirse un hogar si cuando pides ayuda te la dan.


Los Hadi nunca volvieron a comer atún.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Me atracaron

Finalmente pasó. Tal vez esta alma de peatón empedernida no podía dar un paso más sin atravesar aquel ritual de iniciación urbano que yo aplacé hasta hoy. Iba caminando. Despacio. Pensativa. Sola. Sin hacerle daño a nadie ni dar "papaya". Con esa horrible fruta me refiero a que no iba escuchando música, porque hoy dejé mis audífonos en la casa, sin intención alguna. Tampoco iba hablando por celular ni tomándome fotos o tuiteando sin parar. No. Llevaba las manos en los bolsillos y los oídos descubiertos. Disfrutaba de la mejor rutina que alguien puede tener sin pagar un solo peso: caminar.

En mi poder llevaba un bello maletín que me había regalado mi mamá. Adentro llevaba una bella lonchera que me había regalado mi mamá. También llevaba una billetera, una tarjeta débito, un carnet de universidad, dos boletas para un circo y una cuchara, que era de mi mamá. En el bolsillo llevaba el iPhone que heredé de mi mamá. Ni siquiera iba cantando, como para que no digan que esto me pasa por cantar.


Iba por la carrera novena con calle ciento cuatro. De la nada aparecieron cinco o seis tipos. No los alcancé a contar. Ni siquiera me alcancé a acobardar. Me tomaron de los hombros y ni los alcancé a saludar. Todo pasó tan rápido. En mis sueños, en mis pesadillas, había planeado este momento toda mi vida. Tenía varias alternativas: entablar una conversación, empezar una pelea de Taekwondo o salir corriendo sin medir nada. Pero, de un momento a otro, me quedé en blanco. Todos mis planes para enfrentar este momento se redujeron a no reaccionar.

Uno de ellos me tomó como de la altura del brasier. Muy respetuoso, debo admitir. No intentó nada más conmigo. Ninguno de ellos me trató de 'puta', 'zorra', 'malparida', 'gomela', 'gonorrea', ninguna de esas cosas. Estoy también agradecida porque no me hicieron quitar mis botas, ni mi camisa, ni mi chaqueta. En esta ciudad hay que valorar la calaña de los criminales.

De los testigos, incluyéndome, ninguno hizo nada. La manada de caballeros logró escaparse porque, por un instante, por la NQS, aquella mortal avenida, no pasó ni un zancudo. El tren ya había pasado, esa tarde no hubo tráfico, yo no llevaba audífonos y lo había perdido todo, hasta la cuchara de mi mamá.



Pues nada. No van a lograr que me acobarde; que deje de caminar. Eso es lo que ustedes quieren y no va a pasar. Es inaudito que no pueda caminar por mi ciudad; que me toque vestirme como un gamín y que la gente crea que la voy a atracar con tal de que no me atraquen a mí. Estoy muy brava, porque a dos cuadras de la escena del crimen, estaba toda la cuadrilla de policías que pudo haberme evitado el acontecimiento, sí, sentados, tomando tinto, en un andén, dichosos de la vida, porque no tenían que llegar a la casa a explicarle a sus madres que habían incompleto el juego de cubiertos. 

En Tunja solo hay campesinos y en Leticia solo hay indios. ¿Qué clase de estadística es esta? 

No fue un acto de violencia, no señor. Al contrario, me respetaron en medio de la violación a todos mis derechos y sé que, como bogotana, he de estar agradecida. He tratado de redactar alguna excusa mamerta, como que vendiendo mi maletín y la cuchara  de mi mamá alcanza para darle de comer a seis niños que vivan en cualquier rancho. No me convence. La gente noble no roba y lo sé de primera mano, después de haber andareguiado sola por las cuadras más abandonadas de Cazuca, donde nadie nunca intentó quitarme nada sino un abrazo. Hasta aquí llegamos, Bogotá. Esta no te la perdono, y mi forma de no perdonarte es decirte en la cara que no me vas a dar miedo nunca.