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lunes, 10 de noviembre de 2014

Very Important Person



Están jugando caraysellazo a ver quiénes se vienen a vivir al frente de Andino. Le toca al que pierda.



Me levanté y de una vez percibí hostilidad en el ambiente. En la radio todos hablaban preocupados de lo mismo. Del mismo caos. Se aproximaba algo muy grave. El fin de una era. Los pájaros no volaban. Me colgué mi pito, me puse mi casco y mi chaleco de brigadista, por si acaso. Recordé el reciente simulacro metropolitano de evacuación y empaqué latas de atún, una linterna y un chocoramo. Había sol, pero el día estaba gris. Era viernes y yo estaba preparada para enfrentar lo que sea que se viniera.

Nuevas viviendas VIP (biaipí) en estrato seis. No entendía el sudor en las manos de todos, las voces de los representantes de vecinos del Parque de la 93 quebrándose al aire, respondiendo con nervios e inutilidad las preguntas de Julito. ¿Alguien sabe por qué nos les gusta lo de las biaipí?, pregunté. Me respondieron: Son Viviendas de Interés Prioritario, o sea, de interés social. Entonces me alegró haberme equipado ese día con mi kit de brigadista y me abroché hasta el cuello el velcro de mi chaleco reflectivo. Era grave.  

Escuchar a Julio Sánchez entrevistar a Mario Bertieri, representante de vecinos del parque de la 93, fue volver a mi clase de Radio en la Universidad, en la que aprendimos a identificar a quién es mejor colgarle que intentarlo entrevistar. Tuve mucho miedo. Me aferré a mi pito, como quien se aferra a un flotador cuando no sabe nadar y el papá lo tira al río. A nada le temo tanto como a la gente que alega tener la razón aun cuando no tiene nada.

El pobre Bertieri no sabía qué decir. Todos sus prejuicios se le acabaron respondiendo la primera pregunta y se quedó sin banco de respuestas. Lástima. Entonces cambié de frecuencia y en Blu Radio sonaban declaraciones de residentes de la zona, indignadísimos: "No es por ser elitista, pero…", "Lo seguro es que no les va a alcanzar para el mercado en el Carulla de la 85", "¿Dónde van a estudiar los niños?", "Las personas de estratos bajos suelen ser deshonestas". Tuve miedo. Empecé a pitar y a pitar, como Rose en 'Titanic' después de dejar ahogar a Jack; saqué mi linterna, hice sonar la alarma de mi edificio y quise evacuar. Evacuar de esta escases de argumentos tan aterradora, Dios mío.

Las horribles razones a las que apelaron los vecinos para argumentar que la política de viviendas biaipí era inviable me entorpecieron la vista. Por ejemplo: todos sabemos que si a alguien no le alcanza para algo en el Carulla de la 85, se hace vaca. No hay un supermercado que sea testigo de tantas vacas en el país como ése. Sí: la política es improvisada, drástica, sin sustento académico ni experiencial. Sin embargo, todas las barrabasadas con las que la atacaron solo consiguieron hacerla sonar menos inviable.

Estuve un fin de semana entero en una clínica de reposo, recuperándome de la ignorancia de todos ustedes. Después de unas goticas de Valeriana, pude aclarar mi mente y dejar de sudar. Fui capaz, muy lentamente, de quitarme mi chaleco y descolgarme el pito del cuello. Los días pasaron y gente con un poco más de lectura empezó a hablar. Darío Indalecio Restrepo, profesor de la Universidad Nacional de Colombia, en la Facultad de Ciencias Económicas desde 1988, le dijo a Dinero que  "Integración social es la distribución universal de oportunidades, y no un edificio de pobres en medio de los ricos”. Vi la luz. 


Mis amigos
La distribución universal de oportunidades sería entonces que todos los niños puedan salir a jugar fútbol en la calle al frente de su casa; que si un vecino hace una fiesta y llaman a la Policía, sea para invitarla, y que si alguien quiere un tinto, no le cobren nada.  Distribución universal de oportunidades es que todos puedan extender los canzoncillos recién lavados en la ventana, y que si van a hacer cable en Ciudad Bolívar, hagan también en Rosales.

El médico me recomendó no retomar las bobadas que dijeron en el radio la semana pasada. Solo les recuerdo que, cuando me atracaron, estaba en un barrio de estrato seis. Por eso prefiero pasármela en los de estrato cero, uno y dos, con mis amigos, que no abandonarían el árbol en el que buscan mariquitas por irse a vivir al frente de Starbucks. No tanto la valorización, la inseguridad, el colegio, el mercado, los amigos de los hijos o los calzones extendidos. Me da más miedo la cobardía de mis conciudadanos, frente a la posibilidad de darle la paz en la misa a alguien con la piel más oscurita.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Me atracaron

Finalmente pasó. Tal vez esta alma de peatón empedernida no podía dar un paso más sin atravesar aquel ritual de iniciación urbano que yo aplacé hasta hoy. Iba caminando. Despacio. Pensativa. Sola. Sin hacerle daño a nadie ni dar "papaya". Con esa horrible fruta me refiero a que no iba escuchando música, porque hoy dejé mis audífonos en la casa, sin intención alguna. Tampoco iba hablando por celular ni tomándome fotos o tuiteando sin parar. No. Llevaba las manos en los bolsillos y los oídos descubiertos. Disfrutaba de la mejor rutina que alguien puede tener sin pagar un solo peso: caminar.

En mi poder llevaba un bello maletín que me había regalado mi mamá. Adentro llevaba una bella lonchera que me había regalado mi mamá. También llevaba una billetera, una tarjeta débito, un carnet de universidad, dos boletas para un circo y una cuchara, que era de mi mamá. En el bolsillo llevaba el iPhone que heredé de mi mamá. Ni siquiera iba cantando, como para que no digan que esto me pasa por cantar.


Iba por la carrera novena con calle ciento cuatro. De la nada aparecieron cinco o seis tipos. No los alcancé a contar. Ni siquiera me alcancé a acobardar. Me tomaron de los hombros y ni los alcancé a saludar. Todo pasó tan rápido. En mis sueños, en mis pesadillas, había planeado este momento toda mi vida. Tenía varias alternativas: entablar una conversación, empezar una pelea de Taekwondo o salir corriendo sin medir nada. Pero, de un momento a otro, me quedé en blanco. Todos mis planes para enfrentar este momento se redujeron a no reaccionar.

Uno de ellos me tomó como de la altura del brasier. Muy respetuoso, debo admitir. No intentó nada más conmigo. Ninguno de ellos me trató de 'puta', 'zorra', 'malparida', 'gomela', 'gonorrea', ninguna de esas cosas. Estoy también agradecida porque no me hicieron quitar mis botas, ni mi camisa, ni mi chaqueta. En esta ciudad hay que valorar la calaña de los criminales.

De los testigos, incluyéndome, ninguno hizo nada. La manada de caballeros logró escaparse porque, por un instante, por la NQS, aquella mortal avenida, no pasó ni un zancudo. El tren ya había pasado, esa tarde no hubo tráfico, yo no llevaba audífonos y lo había perdido todo, hasta la cuchara de mi mamá.



Pues nada. No van a lograr que me acobarde; que deje de caminar. Eso es lo que ustedes quieren y no va a pasar. Es inaudito que no pueda caminar por mi ciudad; que me toque vestirme como un gamín y que la gente crea que la voy a atracar con tal de que no me atraquen a mí. Estoy muy brava, porque a dos cuadras de la escena del crimen, estaba toda la cuadrilla de policías que pudo haberme evitado el acontecimiento, sí, sentados, tomando tinto, en un andén, dichosos de la vida, porque no tenían que llegar a la casa a explicarle a sus madres que habían incompleto el juego de cubiertos. 

En Tunja solo hay campesinos y en Leticia solo hay indios. ¿Qué clase de estadística es esta? 

No fue un acto de violencia, no señor. Al contrario, me respetaron en medio de la violación a todos mis derechos y sé que, como bogotana, he de estar agradecida. He tratado de redactar alguna excusa mamerta, como que vendiendo mi maletín y la cuchara  de mi mamá alcanza para darle de comer a seis niños que vivan en cualquier rancho. No me convence. La gente noble no roba y lo sé de primera mano, después de haber andareguiado sola por las cuadras más abandonadas de Cazuca, donde nadie nunca intentó quitarme nada sino un abrazo. Hasta aquí llegamos, Bogotá. Esta no te la perdono, y mi forma de no perdonarte es decirte en la cara que no me vas a dar miedo nunca.